Por Eduardo Gutierrez

 

 

Estábamos todos ansiosos, contando los minutos ya que  los meses ya habían quedado en el pasado y solo restaba dirigirse al Club Hípico para de una vez ser parte de algo histórico. Mientras hacía las combinaciones respectivas en el metro de Santiago, las caras ansiosas y las poleras de Eddie solo indicaban una cosa, Iron Maiden estaba en la ciudad y que lo que se nos venía sería grandioso.

Al igual que en el 2008, cuando fui testigo de la primera parte de Somewhere Back In Time, mis expectativas estaban por los cielos y no quedé defraudado. Claro que, a quien puede defraudar la banda más grande y amada del planeta. Respuesta, a nadie.

Hay quienes iban por primera vez, hay otros que lo consideran una obligación, yo, parte de mi vida. Con cada tema galopan en mi mente todos mis amigos, las noches de parranda y metal en mi querido Iquique. Con cada galope del bajo de Harris recuerdo los pósters pegados en las paredes de mi habitación. Eso es Maiden, es parte de nuestra propia existencia.

Luego de superar la prueba al agotamiento y la sed, nos tiraron a WitchBlade, en mi opinión, decentes y bien armados, pero con temas que no mueven a nadie. No es de esas bandas que a la primera te quedan en la retina y no dejas de escuchar sus singles. Luego, Laureen, uff Laureen. Que puedo decir. Solo escuché con respeto o el suegro se podía enojar.

Toda una tarde, sin agua, apretado, en medio de una masa de gente que pedía a gritos que dieran las 8 de la noche y olvidarse aunque sea por un par de horas del mundo exterior y entrar en el mágico mundo de la Doncella de Hierro. En eso me encontraba cuando van terminando los acordes del Ace Of Spades de Motorhead que sonaba como cortina musical cuando los sutiles acordes del ya himno de U.F.O. “Doctor, Doctor” comenzó a gatillar en el aire. Las casi sesenta mil almas estallaron en un solo grito y todo se volvió locura…”Living, living i’m on the run, far Hawai from you!! Y todo era rock, sudor y expectación.

Aquellos segundos de silencio al terminar la canción se hicieron eternos. Transilvania nos devolvió nuevamente a la tierra y ya era todo Maiden. Todo lo que uno esperaba estaba ahí. Frente a nuestros ojos, a nuestros sentidos, a nuestras vidas.

Churchill defendiendo su isla con la vida y en un abrir y cerrar de ojos Aces High nos revienta el corazón, fuegos artificiales y la banda apareciendo en vivo de la nada misma a mil por hora. Jamás he escuchado un bajo que suene en vivo como el de Steve Harris, ya con eso, puedo morir feliz. Pero en morir me quedo. Uno a uno fueron pasando todos los clásicos que uno quería escuchar alguna vez en vivo. En esos días en que grabar un cassette era tan difícil como respirar en la luna. Tan fácil que se hace todo esto cuando uno está acompañado de los amigos, esos que han compartido contigo toda la vida.

Podría dedicarme apasionadamente a revivir cada uno de los 17 temas que la Doncella nos regaló la noche del 22 de marzo, podría decir que Dickinson y compañía si cumplen sus promesas y que se siente que Chile es un país importante para ellos. Que mis ojos casi se salen al ver un espectáculo de esta magnitud, pero no, para eso puedes revisar otros artículos que te entregarán detalles técnicos y versos copiados de ese estilo. Yo prefiero digerir este concierto de otra manera. Pensando en los años, en los amigos, en la existencia misma. Porque eso es Iron Maiden para quien es realmente fiel y seguidor sempiterno.

Hace un año atrás escribí un artículo como este  y en ese entonces utilicé una frase que si bien deben perdonarme el auto plagio, la volveré a escribir pues representa lo que muchos sentimos esa tarde.

“Estuve ahí, salté y vibré y lloré al presenciar, frente a mi…el soundtrack de toda mi vida”