El cementerio Nº 3 es un nicho de cuerpos y nombres humildes. Todos están reunidos en éste rincón de la ciudad, compartiendo territorio y noches enteras bajo el mismo techo. Compartiendo los mismos bichos, los mismos gusanos y la misma luna que los viene visitando hace años.

Es tan triste estar en lugares así: los niños y los adultos tienden a caminar cabizbajos sosteniendo rosas rojas entre sus manos. Como verdaderas almas en pena se dirigen donde sus respectivos muertos a llorar, a tratar de reír, o simplemente a recordarlos.

El contraste es tremendo. A tan sólo unos pocos metros del cementerio, un candidato a alcalde tiene una fiesta tremenda. Banderitas, carteles, autos pintados, globos y él mismo saludando a los vivos a y los muertos. “No tienen respeto a nada, es una vergüenza”, dice Gloria Muñoz mientras limpia el lugar donde se encuentra su marido.

En ese momento, me acerco a un guardia para que me de el tour más triste que ofrece la ciudad. “Soy amigo de la muerte, hemos visto tantas cosas, que ya no le tenemos miedo a ella”, dice Alberto Gutiérrez al momento que se acomodaba su gorra.

Caminamos una y otra vez por el cementerio. Cada vez fui descubriendo más pasillos llenos de tumbas con nombres y otras honrando el anonimato, “la mayoría de las tumbas antiguas no tienen identificación alguna y no son visitadas hace décadas”, cuenta Alberto. “Qué triste acabar así” le respondo mientras le ayudo a prender su cigarro.

Con gran dificultad entramos al “pasillo de los extranjeros”. En él se encuentran argentinos, peruanos, bolivianos, alemanes, chinos, etc. El guardia cuenta que éste lugar representa la esencia misma de la muerte, “todos los que están acá han sido tragados por el olvido, todos sus amigos y familiares han fallecido; así es la muerte”.

El día se está acabando: el guardia dice que tiene que cerrar el cementerio, mientras el viento tiende a jugar con los objetos que los familiares le dejan a sus parientes. Nos vamos retirando lentamente del lugar espantando a los mosquitos que nos siguieron durante todo el camino, como si supieran que algún día tendremos que volver a ese lugar envueltos en un cajón.

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