En 2004, Tim Allen (la trilogía “Santa Cláusula”, que por cierto no he visto) y Jamie Lee Curtis (“Un Viernes de Locos”) dieron vida a Luther y Nora Krank en “Una Navidad de Locos”, adaptación cinematográfica del libro “Una Navidad Diferente” (el título original es “Navidad con los Krank”) de John Grisham, autor (no precisamente) de textos relacionados con la navidad, sino que más relacionados con la abogacía como “El Informe Pelícano”, “Tiempo de Matar” y “Tribunal en Fuga”.

¿La historia? Tras dejar en el aeropuerto a su hija Blair (la argentina Julie Gonzalo), Luther y Nora deciden no celebrar la Navidad, algo que en su vecindario no le perdonarán jamás y –menos su hija, aunque se encuentre a varios cientos de kilómetros-. Pero a Luther y Nora poco y nada les importa lo que piensen los demás, están decididos a viajar el 25 de diciembre a un crucero con destino a una playa paradisíaca. Sí, todo con tal de “saltarse” la Navidad.

CAPÍTULO 6

¡Lunes por la noche en el centro comercial! No era el lugar favorito de Luther, pero sentía que Nora necesitaba salir una noche. Habían cenado en un falso pub en un extremo y después habían luchado a través de las masas para llegar al otro, donde en el cine multisalas se estrenaba una comedia romántica llena de estrellas. Ocho dólares la entrada para lo que Luther sabía que serían otras dos aburridas horas de payasos que cobraban fortunas abriéndose paso a base de risitas a partir de un guión para memos. Pero en fin, a Nora le encantaba el cine y él la siguió para mantener la paz. A pesar de las multitudes, la sala estaba vacía, y Luther se emocionó al darse cuenta de que todos los demás estaban fuera comprando. Se acomodó en su asiento con sus palomitas y se quedó dormido.

Se despertó con un codo en las costillas.

-Estás roncando –le siseó Nora.

-¿Y qué? Esto está vacío.

-Calla, Luther.

Miró la película, pero a los cinco minutos ya había tenido bastante. “Ahora vuelvo”, susurró, y salió de la sala. Prefería pelear con la multitud y que le pisaran a tener que mirar semejantes tonterías. Tomó el ascensor al nivel más alto, donde se apoyó en la barandilla y contempló el caos de abajo. Un Santa Claus concedía audiencias en su trono y la cola se movía muy despacio. En la pista de hielo, la música atronaba por altavoces rasposos mientras unos niños vestidos de elfos patinaban alrededor de un animal disecado que parecía ser un reno. Todos los padres miraban a través del objetivo de una videocámara. Compradores fatigados andaban trabajosamente arrastrando bolsas, tropezando unos con otros, peleando con sus hijos.

Luther nunca se había sentido tan orgulloso.

Al otro lado del pasillo vio una tienda nueva de artículos de deporte. Se acercó despacio, observando a través del escaparate que dentro había una multitud y, desde luego, insuficientes cajeros. Pero él estaba solo mirando. Encontró los equipos de submarinismo al fondo, una selección bastante escasa, pero era el mes de diciembre. Los trajes de baño eran de la variedad Speedo, impresionantemente estrechos por todas partes y diseñados en exclusiva para nadadores olímpicos de menos de veinte años. Más bolsa que prenda de ropa. Le daba miedo tocarlos. Se haría con un catálogo y compraría desde la seguridad de su hogar.

Cuando salía de la tienda iba subiendo de todo una discusión en la caja, algo acerca de un artículo reservado que se había perdido. Qué idiotas.

(Del libro “Una Navidad Diferente” de John Grisham, en librerías).

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