Capítulo I

(Caras conchetas, miradas beretas y hombres encajados en Fiorucci.
Oigo «dame» y «quiero» y «no te metas» «Te gustó el nuevo Bertolucci?»)

Desde la ventana veo poco. La posición en la que estoy; sentado, no da mucho abasto para la vista. Desnudo, y el piso alfombrado, es el no va más para apoyar mi pálido trasero. Aún con la luz apagada se cuela un halo de luz de luna en la habitación. Le llevo doce años, doce años y me siento incluso peor. Caulfield. Sin duda te aceptaría una copa y hablaríamos de como nuestras vidas tocaron fondo. ¿Y los patos? ¿Qué habrá pasado entonces?, sigo mirando al vacío. Luces. Publicidad. Trabajo. Es increíble partir con treinta y cuatro grados de calor y al rato congelarte el culo en el hotel más decente que puedes pagar. Nieve. El Central Park South se anima de manera tan pálida que no nos damos tregua. ¿Y los patos?. En estos momentos me gustaría el revólver de Mersault, sólo para jugar con el percutor, no dispararía, de hecho, podría tenerlo descargado. Que aburrido, un arma sin cargar. Hay queso y vino… ¡ah! Y una mujer. Vino y queso. Podría invitar a Holden al Rendez-vous des Cheminots y charlar. Es linda. La veo y las ganas de follarla de nuevo me invaden, desde luego no dice nada. Sólo duerme. Demasiado bella para decir “otra vez” o “again…”. Duerme. Las sábanas se entrelazan en su cuerpo, parece poesía… ¡pero que sé yo de poesía! Está increíble. Vino y queso. Pésimo vino.

– ¿Are you Ok?

Acuso el eco de su voz. La ignoro. La somnolencia de sus ojos parece tan patética. Su acento me mata.

Volvió a dormir. Ella Fitzgerald. Quiero un poco de jazz; la noche está para un poco de jazz. ¿Año nuevo? La gente no suele escuchar mi música en fiestas. La gente no baila con Miles Davis en la 5ª Avenida. Tengo frío. Insisto. Podría sentarme a dialogar con Antoine Roquentin en el Rendez-vous des Cheminots mientras bebemos vino, y acompañado de trozos  roquefort podría pedir el rag – time preferido y ver que pasa. Central Park South. El lago. Buck Mulligan podría estar aquí también y no le importaría la mujer desnuda. La pasaríamos de lujo. Año Nuevo y fiesta. Mulligan ama lo dionisiaco. Hasta me cambiaría el nombre. Si, él puede hacer eso, y hacerlo parecer gracioso. Apuesto que me llamaría Finch.

–    Choose a name…
–    …
–    Choose a name…
–    ¿What’s?

No entiende un carajo. Insisto. ¿Por qué?. Si sabes que no entiende. Imbécil. Dos tres cuatro y cinco veces. Imbécil.

–    ¡Choose a fuckin’ name!
–    ¡Come on!, stop that’s…
–    Ándate a la mierda…
–    ¿What’s?
–    Nothing…nevermind, forget it.
–    Back to bed…¿Ok?
–    …

Sonrío… irónico. Intenta calmarme dándome ordenes.

El ventanal y mis ancas petrificadas. Me entumo. Los brazos rodeando mis rodillas. Vino. Ella duerme. Sally, si, Sally. El bar, el Martini y mi ginebra. No hay por qué extrañarme de lo que piense, si estaba tan sola como yo. ¿Año nuevo, no? La eterna complicidad de la vergüenza de estar solos. Apoyo la cabeza en el vidrio del ventanal. ¿Es más triste que dramático?. El lago congelado. El ruido de los fuegos artificiales. La doce. Una montonera de gente salta, se abraza y grita. Lo mismo de siempre. Año nuevo, vida nueva, año nuevo, vida nueva. Es ensordecedor el ruido de los fuegos artificiales. Sally me mira, de seguro fue a una de esas escuelas católicas. Su pelo. Me mira, la luz de neón del letrero verde. La calle y la gente. El vino se cayó. Mi copa se cayó. Se siente como la sangre cuando corría por mis piernas, tu sangre, tu tan mentada sangre de ninfa virgen. Aún te recuerdo. Tú y la canción, la maldita canción.

…/Take me to the place where you go, where nobody knows if it’s night or day…/

Llévame…un rato.

Un cigarro y mi boca. El acto de fumar es tan relajante que simplemente me dejo llevar. Trato de mirarla a través del humo, sólo veo un cuerpo casi perfecto, de lado y envuelto en una sábana. La luz golpea la silueta. El humo envuelve todo. Mi cabeza hacia atrás. ¡Ah! ¡Qué relajo! ¿Y los patos? Mañana preguntaré al conserje por los patos del Central South Park. Al conserje calvo y viejo. Me estoy poniendo viejo. Treinta y uno no son nada. Veinte y cinco no eran nada. Diez y ocho lo eran todo. ¿Y tú?, ¿te acuerdas?, me duelen aún tus nudillos. Mi nariz. Mi alma. Tú. Mañana me vuelvo a Chile. Definitivamente. Sí. No sé. Definitivamente, tal vez.

El rincón de la habitación del Ritz Carlton Hotel sigue oscuro. Sólo el imprudente y escueto rayo de la luna sigue espiando el momento en que Ariel enajena su persona. La mujer tendida en la cama duerme profundamente. Un olor a sexo, vino y melancolía se cierne por las cuatro paredes ennegrecidas. Una botella de vino, un cenicero y dos vasos volteados completan la imagen. Ariel, mirando al vacío con su cabeza apoyada en la pared, se mantiene monótono al ejercicio de expiar el humo del último cigarro de la noche. La gente celebra la llegada del año nuevo. Nueva York está de fiesta. El mundo está de fiesta.

Las diez. ¿Sally? Da lo mismo. ¿Su número? ¡Ja!. Al baño. Sin desayuno. Sed.

–    ¡Taxi!
–    …
–    To the JFK airport, please…
–    Ok…

«…If Heaven and Hell decide
That they both are satisfied
Illuminate the nose on their vacancy signs
If there’s no one beside you
When your soul embarks
Then I’ll follow you into the dark…”

–    Can I ask you something?
–    Sure…
–    Do you know about those ducks in that lagoon, right near Central Park South?
–    You mean, that little lake?
–    Do you know where did they go?
–    What’s!?
–    The ducks
–    …
–    When it gets all frozen over? Do you know, by any chance?
–    What’re you try to do, mister? Kiddin’ me?
–    No, sorry, it’s just a question…
–    Is not funny at all…
–    Sorry again, nevermind…

Mañana. Mañana vuelvo a Chile. A Chile. Tú.

Fin.

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