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Si algo realmente me gusta, eso es escribir. Y no siempre es fácil conseguirlo. O al menos, hacerse un tiempo. Pero tiempo hay, casi nunca organización. A veces las grandes ideas vienen en los momentos más inesperado y menos oportunos, y casi nunca hay un bolígrafo cerca donde escribirlas. Cuando logras finalmente volcarlas al papel, tiempo después, caes en cuenta que sólo es una copia barata de la idea original. No vuelves a hilar más esa frase que tan bien tenías armada en tu mente y que tan bien hubiese quedado al inicio de cualquier historia o artículo de opinión. Pero bueno, suele pasar.

A los que nos gusta escribir, nuestro mayor sueño es publicar una novela. La primera de muchas. Pero la primera. Sentarse frente al ordenador y dejar que los dedos corran sobre el teclado. Suena fácil. Pero no lo es. Es toda una osadía. Incluso el simple hecho de sentarnos a mirar la hoja en blanco y dar vida a una historia extensa inexistente aún, llena de personajes, lugares, olores y sensaciones. Por eso primero se recomienda empezar por el formato de los cuentos: son más cortos y no exigen tanto entramado.

Una vez un amigo, Magister en Literatura, me dijo: “es el ímpetu de la juventud, por eso es muy raro que alguien menor de treinta años haya publicado un libro”. Y ahora que lo pienso, algo de razón hay en eso: pues, a decir verdad, queremos todo rápido. Todo instantáneo. ¡Todo ya! Más o menos como nos ha inculcado la sociedad actual en la que vivimos. Esta sociedad Exprés: “Lo quieres, lo tienes”… y lo mejor, “sin tanto esfuerzo”. ¡Pucha que nos cuesta quedarnos quietos! Sentarnos frente a un ordenador por más de dos horas seguidas, salvo para estar en Facebook o en Twitter. Y sin embargo, es muy frecuente sentir la ansiedad de querer acabar un libro en una semana, o dos; máximo tres. Porque lo quieres ver impreso en una linda portada o porque estás pensado en la segunda edición (para los que anhelan una trilogía), cuando ni siquiera has terminado el primer capítulo de lo que vendría siendo, en teoría, el proyecto de tu primer libro. Quedando muchas veces en el tintero, olvidado, entre otros archivos.

Un buen libro lleva su tiempo. Meses, inclusive años. Hay que hacerse esa idea.

Estamos tan empecinados por el objetivo final, que se nos olvida lo más importante: el proceso. Y disfrutar de ello. Disfrutar el proceso de la creación misma. Ese instante donde das vida a uno de tus personajes, ése que ahora respira, siente y habla. En ese instante donde das vida a una situación, llena de formas, colores y olores. En ese instante donde decides quién se mueve y quién no, qué ocurre y qué dejas pasar hasta después. De mover los escenarios a tus antojos y criterios. Proceso, en el que dejas tu huella personal como artista. Como alquimista, con ese don de transformar lo abstracto en palabras, y las palabras en historias.

Ahora bien, escribir es toda una travesía. Eso nadie lo discute. Un viaje que resulta un tanto agotador, pero satisfactorio en sí. El sumergirnos en palabras y mundos ficticios ya es una entretención locuaz. Una vía de escape de la realidad. Un modo también catártico de expresar y exorcizar todos los demonios que llevamos dentro. Una clara y fehaciente  necesidad. En casos amorosos, bien dijo por ahí un escritor que “la mejor manera de olvidar a una mujer, es convirtiéndola en literatura”. Y, pues, si le sirvió, entonces no pongo objeción.

Volviendo al meollo de todo esto, el asunto de sentarse a escribir no es para nada fácil, y menos para quien quiere y le cuesta. Pero la posibilidad está. Sólo hay que tomarla. La pregunta es ¿Por dónde empezar? Claro, dirán ustedes “por el principio”. Pero…

¿Cómo?

Uno de los grandes obstáculos es justamente el principio. Lo que se llama Fenómeno de la hoja en blanco. El bloqueo mental para empezar a esparcir letras por toda la hoja no es tarea sencilla. El bloqueo de empezar hilar la primera oración y que está tenga sentido. Hay muchas técnicas en internet para contraatacar este impedimento. Pero creo que el gran problema muchas veces radica en forzar a la cabeza para que genere palabras, cuando en realidad las palabras brotan por sí mismas y sólo hay que tomarlas. Si nos empecinamos, lo único que vamos a conseguir serán dos aspirinas, un vaso con agua y un texto mal escrito.

Cuando forzamos las palabras para escribir, buscando el mejor sustantivo o el sinónimo más lindo, las palabras pierden fuerzas y todo el texto se torna más frío. Exquisitamente técnico, quizás, pero frío. Hay que aprovechar las rachas de emociones, las experiencias que vivenciamos o las milagrosas inspiraciones cuando una musa anda suelta por ahí cerca de uno para empezar a escribir, lastimosamente aunque sean a las 4 de la mañana o mientras te estás duchando. Hay que dejar todo de lado, y empezar a escribir. Y escribir. Hasta que esta posesión literaria desaparezca. Por eso los grandes escritores se dedican únicamente a esto.

“Escribe tu primer borrador con el corazón y reescríbelo con la cabeza. La primera clave de la escritura es: Escribir, no pensar. Comienza a teclear, el simple hecho del tecleo nos conduce del folio uno al dos, y si sientes escuchar tus propias palabras, teclea y no pares más» (Extracto de un dialogo entre William y Jamal, de la película Descubriendo a Forrester).

El pudor es uno de los problemas que no puede existir si uno pretende escribir. Bien me lo han dicho a mí. Cuando escribimos sobre una situación que nos ha pasado, por lo general omitimos ciertas emociones y sucesos puntuales, por vergüenza o por considerarlos innecesarias. También dejamos de escribir cualidades de otras personas que han interactuado con nosotros enmascaradas en personajes por temor a que éstas se reconozcan y nos reprochen, haciendo más inacabo el relato y menos potente. Para esos casos, como escritores que somos o intentamos ser, siempre tenemos un recurso a nuestro favor, y has de saber que podemos jugar con ella como cortina de humo a cabalidad: la ficción. No es necesario que los lectores sepan con asidero si ha sucedido en realidad lo que hemos contado. Queda a criterio de cada uno. La intriga misma.

«El pudor no sirve para escribir. La literatura es una actividad difícil, compleja y provocadora, que a veces no te deja bien con los demás, pero qué le vamos a hacer » (Jorge Edwards, Premio Cervantes 1999).

Pero si piensan que con el fenómeno de la hoja en blanco y el pudor serían las dos únicas dificultades, están muy equivocados. El problema no acaba allí.

Es de contar que hace un tiempo atrás, en lo personal, tomó mucho para que me decidiera volver a escribir. Pese al deseo, no hallaba las ganas. Busqué distintos estímulos, de ocaso omiso, hasta que simplemente desistí. Al menos por un tiempo. Un día, de casualidad, encontré una entrevista que le hicieron a una de las escritoras reconocidas a nivel internacional, una de las indiscutibles estrellas de la literatura mundial como fue denominada y a la que he leí un par de veces a través de sus libros de buena pluma. Mujer grande, Chilena, envuelta de misterio y misticismo, más conocida como Isabel Allende. Tengo que decir que con ella inicié mi primer acercamiento a la lectura personal, el primer libro que me obsequiaron de una trilogía de aventuras para un público infanto-juvenil que tenía a la vista en mi mesa de luz y leía  todas las noches antes de dormir: «La ciudad de las bestias». Cómo olvidar aquella navidad del 2002.

Volviendo a la entrevista:

Se le preguntó cómo era su proceso de escribir. A lo que respondió de forma clara y concisa que cada ocho de enero, ella se apartaba de todos sus quehaceres, en una habitación alejada y solitaria y con una vela encendida comenzaba su momento de inspiración. Después de varios meses precedentes de investigación para sus futuros libros. El periodista exclamó: –¡¿Tan supersticiosa eres, Isabel?! A lo que ella respondió: ¡Disciplina, Osca! Mira lo complicada que es mi vida, si no dejo unos meses del año libres para poder escribir, no podría hacerlo, y si no tuviese una fecha para empezar, siempre estaría postergándolo un poco…«.

Y fue exactamente lo que andaba buscando en ese minuto, de lo cual carecía claramente: ¡Disciplina! Esa repuesta me hizo un antes y después.

Hacerse un tiempo para escribir, es necesario, así ejercitamos nuestra pluma. Dejar al menos una hora libre de nuestra ajetreada agenda para destinarla única y exclusivamente a escribir. Aunque las producciones no sean muy buenas. Lo cierto es que al no ser una tarea sencilla, se necesita entrenamiento. Se necesita organización y mucha disciplina. De lo contrario siempre es algo de lo que estaremos postergando.

Finalmente, Ernesto Sábato en su libro El escritor y sus fantasmas (de ahí la elección de mi título, en honor al libro, para nada ingenioso) muestra algunas de las condiciones que un escritor debe tener cuando decide empezar a escribir. Destaqué tres, a mi criterio. Éstas son:

  1. FANATISMO. La condición más preciosa del creador. Tiene que tener una obsesión fanática, nada debe anteponerse a su creación, debe sacrificar cualquier cosa a ella. Sin ese fanatismo no se puede hacer nada importante.
  2. EL AISLAMIENTO. “El hombre solitario es capaz de anunciar más originalidades y más tonterías que el hombre social. Esto vale también para la literatura”. Por lo tanto, se recomienda un cierto aislamiento, en el silencio mismo, para poder escribir. “Es fértil para la creación de algo fuerte y novedoso”.
  3. DECIR LA VERDAD Y TODA LA VERDAD. Hace de los relatos una literatura más sincera y cercana para los lectores. Además de ser un acto trasformador para quien escribe: “le ayuda a vencer sus fantasmas y de acercarse un poco más a su realidad desnuda”. Maurice Nadeau dice que una novela que deja igual al escritor como al lector una vez terminada de ser escrita o leía, es una novela inútil. “Cuando hemos terminado de leer El proceso no somos la misma persona de antes (y seguramente tampoco Kafka después de escribirlo)”.

No será una labor sencilla. Tendremos que lidiar con muchos obstáculos y fantasmas personales a lo largo de este trabajo si verdaderamente queremos surgir. Seguramente no le tomaremos la mano al principio. Costará. Nos frustraremos a ratos. Pero al menos, haremos al intento.

«El tema no se debe elegir: hay que dejar que el tema lo elija a uno. No se debe escribir si esa obsesión no acosa, persigue y presiona desde las más misteriosas regiones del ser. A veces, durante años »

El escritor y sus fantasmas, 2006.

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