Hay algo del frío que aprendí a disfrutar. Puede ser que haya ayudado las clases que doy sobre meditación en Estrategias de Autocuidado, puede ser que Siddhartha me mostró el arte de contemplar mientras leía el libro de Herman Hesse que lleva por título el mismo nombre del personaje, puede que haya sido los años que no pasan en vano, o puede ser… vaya uno a saber.

El frío tiene ese algo que no hay en los días de calor. Ese algo que te invita a agruparte, a buscar compañía, ese algo que te vuelve más quieto y sereno, más reflexivo, más plácido. Que la vida no es tanto un frenesí. Que te impulsa por esa taza de café bien humeante. Que te motiva a protegerte de las marañas gélidas. De hallar aquel calor humano que hay en ti y en los demás. Son días de sosiego, búsqueda, de hibernación y proliferación mental.

Siendo las tres de la tarde de un día sábado cualquiera, éste tenía más aspecto de ser una mañana después del alba, por la frescura de sus aires, la quietud de los árboles, la tranquilidad en sus calles. Acompañado de un cielo helado y nublado, y una cordillera imperiosa y plena con tonalidades azulados y violetas.

Pongo la tetera eléctrica. El agua a 90 grados está lista para ser apagada. Deposito el agua en el termo de siempre. Pongo yerba al mate. Me abrigo bien, con los anteojos puestos y un libro que comencé a leer en el avión en mi último viaje relámpago al norte y que estaba a unas cuantas hojas por terminar, sostenido bajo el brazo. Me siento. Respiro. Observo ahora a este calmo sábado y las personas que transitan en él. Me es agradable este frío. Algo que no suelo decir muy a menudo, siendo yo hombre de costa y verano eterno. Pero este frío me gusta. O aprendí a disfrutarlo. Un frío sin lluvia ni otras dramatizaciones. El frío de mayo.

Observo que hay quienes caminan con un cigarro entre sus dedos. Otros deportivamente y más apurados con los auriculares en sus oídos. Y otros, agrupándose camino quien sabe dónde. Pongo música. Música calmada tal y como está este sábado. Conecto los parlantes de tal modo que sus melodías se mezclen con los aires fríos, sin perturbar a quienes viven a los lados. Me siento en la terraza del balcón fundido en lana, abufandado. Mateando. Sujeto el libro, pues llegó la hora de rematar finalmente la historia. Historia que no quiero finalizar. Pero que, sin embargo, hay que hacerlo. Mientras pienso que merece la pena en algún momento leerlo por segunda vez.

Dos señoras miran hacia arriba. Miran a este lector que las mira de reojos. ¿Será que les llamó la atención la música? ¿Será que son simples curiosas de la arquitectura santiaguina? ¿O que simplemente les atrajo alguna planta de algún balcón? Se detienen. Se acercan a la reja. Llaman a un gato. Le hacen gracia al animal para que se acerque. Lo consiguen. Un gato arrubiado de cola parada se acerca ante las manos cariñosas que lo acarician como si fuera su propio nieto. Y siguen su rumbo.

Me da nostalgia la parte en que Vasudeva se despide de Siddhartha. Pienso de pronto en las etapas. Las personas que entran y salen de ellas. Amigos de la infancia, amigos del barrio, colegio, personas significativas, familia, todos. Pienso que hay gente que dejan su huella en tu vida y aquellos que simplemente forman parte del magnífico escenario. Que complementan, que cumplen su función y se van. Igualmente de importantes y que seguramente dejarán sus huellas en otras personas. Y que sin ellas, los gratos ambientes no hubiesen sido posibles. Pienso en aquellas personas que nunca preguntarás qué fue de sus vidas, mientras que en otras tendrás una eterna curiosidad serena. Aquellas que tendrás fácil acceso de viejos en sus aposentos y compartirás una taza de té. Y otras que como bombas de humo desaparecerán construyendo sus vidas en otros territorios. Bagajes lejanos. Pienso en las despedidas y en las nuevas llegadas. En la metáfora de la muerte y los nuevos nacimientos. En la historia. En lo ya contado y en lo que queda por contar. Y entre tanta cavilación, me detengo en seco. Y sigo la lectura mientras el cálido frío, sí, cálido frío golpetea mediante las brisas las cosas, mientras Siddhartha se reencuentra con Govinda, su viejo amigo de la infancia, mientras termino de cebar mi propia ronda de mate. Mientras las personas siguen su rumbo. Mientras el sol intenta salir entre las espesas nubes.

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