Por: Patricia Carvajal (Red de Mujeres de Iquique)

Un día, podría ser cualquiera, pero es un 8 de marzo, nos sentamos y reflexionamos sobre nuestro empoderamiento en la sociedad, miramos hacia atrás y sonreímos.

Los pasos agigantados que hemos avanzado, parecieran ser pisadas minúsculas cuando miramos el largo camino que nos queda por conquistar.

Entonces siento mi estómago vacío, tengo hambre. Si me dan un pan y tengo la barriga vacía, seguramente ese pan me sabrá como el más exquisito de los manjares.

Pero ese pan no saciará el hambre que tengo acumulado desde que me arrastraban afuera de la caverna, desde que me apedreaban en la plaza del pueblo, desde que me negaron el derecho a voto, desde que lucraron con mi cuerpo, desde que me obligaron a cubrir mi rostro, desde que violaron mis ideas, desde que cerraron el candado y se llevaron la llave, desde que impidieron cumplir con mi misión celestial, desde que me acallaron a golpes, desde que se llevaron la ilusión, desde antes de saber que era libre y poderosa.

Hambre, tenemos hambre las mujeres del mundo, porque unas migajas no sirven, no llenan el vacío acumulado por decalustros, incitándonos a mirarnos en el espejo vacío de la ignorancia.

Es nuestro tiempo para saciarnos, aprender y movilizarnos.  Esa es nuestra tarea y debemos ser aplicadas para que mañana, altivas y dignas, empoderadas y plenas, seamos capaces de construir el futuro de un país digno y justo para nuestros hijos e hijas y los que vienen a partir de esta nueva concepción de sociedad.

Hoy, rendimos tributo a las mujeres del mundo; a las cautivas, las olvidadas, las sin nombres, las sin voz, las que cargan con sus banderas de lucha, las desposeídas, las innovadoras, las trabajadoras, las cesantes, las artistas, las dirigentas y a nosotras, las incansables luchadoras de un mañana mejor.