Por: Cosme Fulanito

 

“Ven amor, conmigo ven a amar… debe ser ahora no te puedo olvidar…” sonaba a todo volumen una radio en plena vía pública; el artista callejero estaba rodeado por un montón de gente, era el ultra conocido “Chico de las conchas”. El pequeño bailarín hacia sus piruetas en plena calle Vivar, llegando a la esquina de Sargento Aldea. La gente que pasaba por ahí, especialmente los niños, disfrutaban la llamativa puesta en escena. “Este arte es una tradición familiar, si esas son las conchas de su madre”; dijo un chistoso. 

Era casi el medio día y el sol con su caluroso resplandor les recordaba a todos que era la estrella del lugar, que ni siquiera el “chico…” podía llamar más la atención que él.

“Mira la cantidad de farmacias que hay en esta calle”, le decía un señor a su esposa apuntando a las cadenas de fármacos que se multiplican en el centro. Se notaba que era iquiqueño porque decía que antes la única botica que existía era la que estaba al lado de la heladería El Pingüino.

Pensaba en esa famosa heladería y me acordaba de cuando iba al colegio y pasábamos después de clases con algunos amigos al centro a comer helados; la tradición era sentarse afuera del local y ponerle sobrenombres a la gente que pasaba; podíamos pasar horas ahí y cuando uno de nosotros “pintaba el mono” lo que en los términos de hoy sería “dar jugo” siempre decíamos, “quítenle el helado de pasas al ron a ese payaso”.

Tenía que llegar hasta el registro civil porque iba a buscar mi nuevo carné de identidad. Se me quedo la billetera una semana atrás en un colectivo. Llevaba el pendrive puesto y sonaba Moby. Un amigo siempre dice que el artista inglés electrónico, es música para caminar y tiene razón porque uno se siente muy bien caminando escuchando esos ritmos.

Bastantes autos estaban a esa hora por la calle, era un “taco” impresionante y los bocinazos se confundían con el clásico pito de las 12, ese que suena desde que tengo memoria.

“Mira, esa es toda la magia del sur”; decía una señora a su hija al señalar a unos escolares que botaban basura en la calle “si los iquiqueños no somos cochinos, es la gente que viene de otros lados”, acotó.

Al llegar a la calle Tarapacá, me llama la atención una mujer que estaba vestida de estatua, el calor hacía estragos en los ambulantes y ahí estaba esa mujer que ni se inmutaba con su arte inmóvil.

Llegué al registro civil y estaba cerrado, “están en paro, lo mas probable es que estén protestando por ahí” me dice un señor que vende golosinas en las afueras. Y yo que pensé que los pitos y gritos que escuché por Tarapacá hacia abajo eran porque Iquique había subido a primera.