Antes, cuando éramos niños, era en el cine.  “Vamos al teatro”, decíamos a los amigos.   Y nos íbamos  al Teatro Coliseo o al Teatro Nacional, de Iquique.  Y posteriormente al Cine Tarapacá.  Más  jóvenes ya, nos íbamos al  Cine Délfico, junto al mar. ¡Qué recuerdos….!  La imagen está ahí, como si fuera hoy, cuando fui con mi amigo Raúl San Clemente (un santo de verdad, de carne y hueso) a ver el film inglés Largo viaje de un día hacia la noche, de Eugene O’Neill.   Pero la Semana Santa, para todos aquellos a los que nos gustaba el cine, era para ver películas sobre el sacrificio de Jesús y todas aquellas que tuvieran que ver con la religión cristiana.

Cuando crecimos y nos hicimos adultos, pensábamos que ya nunca volveríamos a ver aquellas películas sobre la tragedia cristiana.  Pero después, con la llegada de la televisión, el cine se nos trasladó a la pantalla chica y ahora, de nuevo, cada Semana Santa, podemos ver las películas que nos gustaron de muchachos y que ahora las vuelven a pasar, una y otra vez, junto a otros nuevas.

¿Recuerda usted, si es adulto adulto, adulto de la 3ª, 4ª ó 5ª edad, El manto sagrado, con Victor Mature y Jean Simmons?  Y a propósito de Victor Mature, ¿Sansón y Dalila, con Mature y Hedy Lamar? Los críticos no trataban bien a Victor Mature como actor, pero nosotros no nos fijábamos en esas cosas.  A lo mejor ahora sí.  Porque por mucho que no me haya gustado la posición política de Charlton Heston, debo que reconocer que el hombre lo hizo bien en Ben Hur, una de las grandes películas de la historia del cine –especialmente por su espectacular carrera de aurigas, en que Ben Hur (Heston) se enfrenta a Messala (Stephen Boyd)-.  Ben Hur, el joven judío, sobrevive y se convierte, siguiendo el ejemplo de su madre y su familia, al cristianismo, al Rabí de Galilea.  Los laureles de ese año (l959) fueron para William Wyler, su director y 10 premios Oscar más, incluyendo el de mejor actor (Charlton Heston).

Otra de las buenas películas de Semana Santa que recordamos –y que por supuesto veremos una vez más (creo yo) este año- es Jesús de Nazareth, dirigida por Franco Zefirelli (año l977).  Es una recreación fidedigna del Evangelio de Lucas, especialmente, con gran despliegue visual y plástico.  Recuerdo especialmente la escena en que María recoge en sus brazos a su hijo, cuando lo bajaron de la cruz, porque da la impresión de que fuera una reproducción en vivo de  La Pietá, de Miguel Ángel.

De esas películas grandes, grandes, sobreproducciones de Cecil B. de Mille, recordamos especialmente Los Diez Mandamientos, del año 1956, también con Charlton Heston, esta vez haciendo de Moisés.  O también otra grande, de un director de primera: La Biblia, de John Huston, de 1966, en que narra varios pasajes del Antiguo Testamento con un gran elenco de actores..

Indudablemente, para la gente de hoy (que también somos nosotros), la calidad sigue subiendo con dos filmes impresionantes por distintos aspectos: La Última Tentación de Cristo, de Martin Scorsese, sobre la novela de Nikos Kazantzakis, y  La Pasión de Cristo, de Mel Gibson.  La primera, porque sigue fielmente la visión del griego Kazantzakis sobre un Jesús que, en la cruz, sufre la última tentación: la de ser un hombre común y corriente, sin tener ninguna relación con la salvación de los hombres. Ambas, la novela y la película, son polémicos, en el sentido de que presentan a un Jesús más humano,  en forma distinta de aquella en que estábamos acostumbrados a verlo en la visión de las distintas iglesias cristianas. El film es de 1988.  La segunda película, la de Mel Gibson (2004), como todos recuerdan, hace un hincapié casi sádico en los sufrimientos que soporta Jesús durante toda su pasión: las torturas, los golpes, la crucifixión y el dolor espiritual de verse rechazado por el pueblo judío, que grita a Pilatos “¡crucifícalo, crucifícalo”, mientras eligen a Barrabás, para la libertad.  Si muchos en Chile (y en el mundo) se sintieron choqueados y escandalizados por los sufrimientos físicos de Cristo, tal como se narran en esta película, ¿se habrán sentido igual al conocer los sufrimientos físicos de la tortura y la muerte aplicada a tanto compatriota durante la dictadura de Pinochet? Hemos visto casos…

Y a propósito, recuerdo otros  dos grandes films sobre la tragedia de Jesús y su significado espiritual.  Uno, El que debe morir, francesa, dirigida por Jules Dassin en 1956, con el gran actor Maurice Ronet, basada también en otra gran novela del griego Nikos Kazantzakis: Cristo de nuevo crucificado.  Gran novela y gran película.  Recomiendo ambas, porque se pueden encontrar por ahí.  Aquí, la tragedia se sitúa en la época contemporánea, en un pueblito griego ocupado por los turcos.  Léala, se la recomiendo efusivamente.   La otra película, Barrabás, de Richard Fleischer, con Anthony Quinn en el papel de Barrabás, es de 1962, y está basada en la novela “Barrabás” del escritor sueco, Premio Nobel, Pär Lagerkvist, que narra lo que le ocurre a Barrabás cuando fue liberado, hasta que finalmente, bajo  la influencia de los discípulos de Jesús, se convierte al cristianismo.

Hay más películas, por supuesto.  Y las seguirá habiendo…  Porque la figura de Jesucristo continúa llamando la atención en un mundo cada vez más secular y profano.  Parece que por contraste, en una época descreída, quisiéramos recordar siempre a aquel que nos fijó un camino de amor y sacrificio por el prójimo, por los demás, por alguien fuera de mí mismo.  ¿Servirá de algo seguir presentando cada Semana Santa tanto film sobre Jesús, si al final, después de ver la película, el espectador, emocionado hasta las lágrimas probablemente, en su mayoría, sigue viviendo la misma vida de siempre: egoísta, materialista vulgar y centrada en sí mismo?

Ojalá estas películas nos ayuden a ser mejores, por lo menos en el sentido de ayudar a mirarnos, aunque sea una vez al año, al interior de nuestra alma y preguntarnos si queremos cambiar el rumbo de nuestras vidas y convertirnos verdaderamente al Señor de la Vida: Jesús, el Cristo.

 

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