Enrique Lihn fue certero en el prólogo de Arte de morir de Óscar Hahn: el poeta iquiqueño no integra ni una corriente generacional. Pareciera, a simple vista, que no se identifica con nadie, aunque Óscar reconoce, obviamente, la influencia de las tradiciones en la literatura nacional. Pero Lihn ve a Hahn como un poeta ajeno y único de este rancho, junto a su poesía que contamina la palabra y también las siguientes. En momentos, su núcleo desprende un sonido entre cada línea y verso que el autor de París, situación irregular definió como «paranomasia, homofonía, aliteración y también, lisa y llanamente, rima«.

Sin embargo, el poeta no es un total apátrida. Es una suerte que entre toda la sequedad del desierto, la tierra haya parido a Óscar Hahn en Iquique. Además, como es de conocimiento, el poeta se resiste (como todos nosotros) a perder el país de su infancia. En una entrevista junto a Cristóbal Alliende Piwonka en Boston, Hahn rememora su infancia «en el desierto, en la playa, tirándome junto a mis amigos al agua desde el muelle, jugando con ellos en el cerro Dragón«. Para el poeta, su infancia se resume en sensaciones que uno mismo como iquiqueño siente como propias, tales como «el olor a mar, el ruido de las olas golpeando contra las rocas, la textura del huiro, el color de las algas marinas«.

Óscar Hahn es un milagro en medio de una escena que por tradición se encuentra deseosa de recibir premios y portadas, como si la literatura tratara específicamente de eso y de nada más. El poeta de nuestra tierra nos enseña a desprendernos de lo que está demás, y nos aferra a Hiroshima, a las sombras eternas de Hiroshima y Nagasaki, a los jinetes del Apocalipsis, a los amores imposibles del metro. El poeta de Mal de amor, como bien lo adelantó Enrique Lihn, juega con la rima, con palabras que suenan igual que las anteriores y las futuras, y así va creando el poema que increíblemente nunca pierde su sentido en medio de tanta semejanza auditiva.

Todos, en algún momento de nuestras vidas, descubrimos la verdad detrás de los muros de la Universidad Arturo Prat: los mejores y más silenciosos personajes de nuestra tierra dejaron huellas en las paredes. Así lo hizo Freddy Taberna en El Morro, el mural de Deportes Iquique al costado del Cementerio N°1, Hahn (y hasta Neruda) en la UNAP. La poesía de Hahn es un espejo que refleja tradiciones orientales con lo mejor de la actualidad, pero aun así el poeta se desprende. No se quema con nada, y avanza desde el lejano Iowa, en Estados Unidos, pasando por Santiago, Arica, Rancagua, Maryland; no admirando a nadie en especial, sólo a un par de escritores que no viene al caso mencionar, pero seguro se rinde mucho más ante el peatón común y corriente que atraviesa la calle con las manos en los bolsillos.

Días después de haber publicado Los espejos comunicantes, que le valió el Premio Fundación Loewe 2014, Óscar se mantiene como la materia oscura que reafirma su firmamento en la poesía nacional, trazando un surco maravilloso de autonomía que muy pocos se atreven a seguir, porque el éxtasis del iquiqueño quema y destroza, y eso no es para cualquiera. Lo anterior, se grafica en uno de sus atisbos más bellos y de vida propia, que sirve como puerta de entrada al universo lírico de Óscar: «Para contemplar estas cosas / No hay que disipar la niebla / Hay que ser de niebla y mirar hacia adentro«.

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